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CCR - Capítulo 2

Este es el segundo capítulo de Crónicas de Ciudad República

Capítulo 2: Kanne Editar

– No creas que no vi lo que hiciste, jovencita.

– ¿De qué hablas madre? –preguntó cándidamente la chica de vestido celeste.

Hacía un momento ambas habían sido testigos de un fallido robo por parte de un par de muchachos hambrientos. La chica de vestido celeste había usado su agua control para ayudar a aquellos chicos a escapar, cuando pensó que su madre no le veía.

– No te hagas la boba Kanne, sabes muy bien a qué me refiero. –replicó la mujer evidentemente molesta.

– Pero madre, esos chicos solo querían algo de comer y…

– No estoy hablando de eso Kanne… ¡Usaste tu agua control!

Kanne miró sorprendida a su madre. Ambas habían llegado a Ciudad República desde la Tribu Agua del Norte, y si bien era cierto que había excepciones como para las hijas del jefe, las tradiciones aún seguían siendo fuertes y negaban el uso de Agua Control a las demás mujeres, más que para aprender el arte de la curación.

– Madre, ya no estamos en la tribu…

– Eso no significa que perdamos nuestras raíces –replicó–, y ya basta, vete a tu cuarto.

Kanne obedeció de inmediato, las cosas no iban como pensaba que serían en la ciudad. Su madre seguía comportándose de manera estricta pesar de que ella lo que más anhelaba era aprender el uso correcto del agua control. Y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para lograrlo.

En cuanto se hizo de noche y estuvo segura de que sus padre ya dormían. Kanne tomó su cantimplora y usando el agua como un látigo, se descolgó desde la ventana de su habitación.

No estaba del todo segura de hacia dónde ir, así que vagó un poco por las calles, viendo la vida nocturna de la ciudad, aún se veía bastante gente, en especial saliendo y entrando de bares y restaurantes.

Cuando se dio cuenta, había llegado hasta el mismo lugar en donde había ayudado a los muchachos. Intentó recordar hacia donde se habían escapado y se adentró en los angostos y oscuros callejones de los barrios bajo de la ciudad.

En poco tiempo se perdió y no estaba segura de por donde había venido. Comenzó a preocuparse cuando de pronto una puerta se abrió. Era un puerta trasera de un bar que daba al callejón.

Un trío de hombres corpulentos salieron riendo del bar y de pronto se dieron cuenta de la muchacha que los miraba pasmada.

– Pero… ¿Qué tenemos aquí muchachos? –dijo el primero y más bajo mientras rascaba su barbilla.

– Ah yo sé –respondió el segundo que sonaba algo tonto– tenemos un poco de diversión ¿a que si?

Los tres rieron más sonoramente ante la ocurrencia del segundo.

– Muy buena idea compañero –dijo el tercero y más alto acercándose a Kanne.

Antes de que pudiera ponerle la mano encima, Kanne usó el agua de su cantimplora para hacer un látigo de agua, la cual era la única técnica que dominaba además de la curación.

El hombre gruñó sonoramente al sentir el latigazo en la mano que había alargado.

– Vaya pero si es una pequeña maestra –dijo el primero sacando una enorme navaja. –Las triadas pagarían muy bien por una pequeña maestra agua.

Los otros dos lo imitaron sacando navajas de diferentes tamaños. Kanne estaba totalmente aterrada, nunca se había visto en una situación como aquella. Apenas si tenía agua suficiente para mantener el látigo y no sabía si tendría el control suficiente para salir a salvo de ese callejón.

El primero de los hombres se abalanzó contra ella, Kanne se agachó y usó el látigo para intentar arrebatarle la navaja. Sin embargo el hombre era rápido y usando la navaja cortó por la mitad el látigo. El agua perdió su forma y Kanne quedó con una pequeña porción. El trió rió sonoramente de nuevo.

– Pero si ni siquiera sabe pelear, es como una rata araña asustada y…

Antes de que el hombre pudiera terminar de hablar, cayó inconsciente hacia delante, tras recibir un enorme pedrusco en la nuca.

De ahí en adelante todo pasó demasiado rápido para Kanne, solo vio pedruscos volando por el aire y algunas llamaradas que iluminaron la callejuela mientras los hombres intentaban esquivar el sorpresivo ataque.

Para cuando los tres hombres yacían en el suelo, golpeados y chamuscados, un par de muchachos aparecieron desde el fondo del callejón. Kanne los reconoció de inmediato como los muchachos a los que ayudó a escapar. El menor de ellos le tendió la mano y le ayudó a levantarse.

– Hola, soy Bolin y él es mi hermano, Mako –se presentó– ¿Estás bien?

Kanne sonrió y asintió ante la pregunta.

Mako se acercó y puso un brazo sobre los hombros de su hermano.

– Bueno Bolin, ¿No crees que ya estamos a mano con la señorita?

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