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Capítulo 1
Pirómana


Antes yo era ingenua y afortunada. Ignoraba la realidad de lo que soy, o más bien pretendía ignorarlo, y disfrutaba de la tranquilidad que proporcionaba la ignorancia.

Hacía un mes que había ingresado a mi nuevo colegio, iba caminando por los varios pasillos de este, ignorando a quien se me cruzara por delante para así lograr llegar a mi salón sin interacciones indeseadas. No es que fuera una antisocial por opción, pero las circunstancias me llevaron a ello. No se puede esperar que las personas se quieran hacer amigos de la loca piromaniaca que casi quema su anterior escuela por reprobar una materia.

Las cosas no fueron así exactamente. Si, provoqué un incendio que casi quemó la escuela. Y si, fue después de enterarme que reprobé matemáticas. ¡Pero juro que no fue intencional! La cosa es que no tenía como comprobar que no fue así. ¿Cómo explicar, sin terminar en un manicomio, que cuando me estreso puedo llegar a provocar fuego? O en caso de lograr controlarlo y provocarlo a voluntad ¿Cómo no terminar como rata de laboratorio o fenómeno de televisión?

No hay manera, claro. Lo único que me queda es cerrar mi boca, cambiar de colegio, aceptar ser la loca pirómana y hacer como si no pudiera provocar fuego… Ah y mover el agua, eso también puedo hacerlo, pero al menos nadie lo había visto.

– ¿Un asco de día no? –dijo alguien detrás de mí, cortando mis recuerdos.

Daniel en realidad era un chico más del montón que –como yo– no logró encajar en la maraña social que es la escuela. Me di cuenta desde el primer momento en que me dirigió la palabra de que él estaba aparentado ser una especie de emo antisocial para caerme bien, ya que esa era la imagen que todos tenían de mí. Si bien a la primera oportunidad le aclaré que yo no era emo ni antisocial y lo del incendio fue un accidente, él siguió actuando así. Al perecer le terminó gustando lo de ser emo.

– Y recién comienza –le saludé.

De pronto me quedé mirándolo, definitivamente había algo diferente en él. Daniel se dio cuenta y sonrió mientras con el dedo índice indicaba su oreja. El idiota llevaba un arete.

– Quítatelo –susurré aterrada mirando alrededor, esperando que apareciera un inspector.

Mi nueva escuela era lo suficientemente estricta como para suspender a los estudiantes que incumplieran los reglamentos de vestimenta. Los aretes y pendientes eran algo que solo se le permitía a las alumnas y solo si estos eran discretos.

Daniel se limitó a encogerse de hombros como si no le importara.

– Te apuesto… una invitación al cine, a que puedo pasar el día sin que me descubran. –Dijo desafiante.

Yo dudaba que pudiera lograrlo, los inspectores realmente eran buenos para darse cuenta de cosas como estas. Al final del día lo único que conseguiría era una suspensión de un par de días… Y tener que pagarme una entrada al cine.

– Acepto –dije segura de ganar.


Para suerte de Daniel, fue nuestra profesora de biología quien notó su arete y se salvó de la suspensión que le hubiera acarreado ser descubierto por un inspector.

– Que asco de día –concluyó después de recibir el sermón de la profesora y haber perdido su arete.

– Aún no termina, me debes una película. De pronto sonrió satisfecho y me di cuenta de quien había ganado realmente, tenía una cita.


* * * *


Mamá, como siempre, estaba en la sala sentada en su sofá favorito viendo el reality show o la repetición de este. La sala de estar era su dominio, y estaba llena de muebles que habían visto días mejores: un surtido de sillas diferentes de madera, un par de butacas desparejadas y un sofá con los brazos raídos. Allí se quedaba un día tras otro, una semana tras otra frente a la pantalla viendo lo que sea que estuvieran trasmitiendo. Solo se levantaba para usar el baño, irse a dormir, limpiar o cocinar y a veces ni siquiera se levantaba para ello y era yo quien se terminaba ocupando de todo.

Esteban, por otra parte, se pasaba el día trabajando para luego emborracharse antes de llegar a casa para comer algo e irse a dormir. Por suerte para nosotros, él tenía el suficiente sentido común para entregarme la mayor parte de su sueldo, y que yo me encargara de comprar mercadería y pagar las cuentas.

– Ya llegué –le anuncié a mi madre que solo asintió dando a entender que me escuchó. Pasé directo a mi habitación para cambiarme el uniforme escolar, había quedado de juntarme con Daniel en un par de horas para que pagase su apuesta.

Tras terminar con mis pocas tareas escolares, me enfrasqué en los quehaceres domésticos: cocinar para que Esteban tuviera algo que comer al llegar, barrer a mano para no molestar a mamá, hacer las camas y poner ropa a lavar. Para cuando había terminado ya era casi hora de salir.

– Voy a salir mamá, dile a Esteban que le dejé comida en la cocina.

– Que te vaya bien cariño –respondió ausente y sin quitar la vista del programa de farándula que ahora veía.


* * * *


Daniel me estaba esperando sentado en el borde de la fuente de agua que adornaba el patio central del centro comercial. Jugaba con una ficha moviéndola entre sus dedos. Al verme la lanzó al aire y la atrapó en vuelo para luego guardársela en el bolsillo.

– Ya era hora –se quejó.

Le di un golpe en el brazo como saludo.

– Y bien ¿qué vamos a ver? –dije señalando el cine.

– Tú eliges, hay dos que están por comenzar.

Señaló el cartel en donde se publicitaba una comedia de nombre estúpido y otra película de acción y mucha sangre llamada “Venganza Sangrienta”. No me apetecía ninguna, elegí el menor de los males.

Venganza Sangrienta no suena tan mal –dije y Daniel asintió satisfecho de mi elección

La película era exactamente lo que decía ser. Un viejo hacia que las personas salieran despedidas por los aires y decapitaba a las demás después de que un mafioso matara a su hija, la cual de todas formas se había mas o menos buscado su destino intentado robarle al mafioso. Daniel parecía poco interesado en el largometraje. Tenía el rostro atento mientras miraba alrededor de la sala y se enfocaba en varios hombres, así estuvo hasta el final de la película. En cuanto comenzaron a salir los títulos se levanto y se apresuro a sacarme de ahí.

– ¿No te gustó eh? –pregunte cuando estuvimos afuera.

Daniel pareció confuso.

– La película –aclaré.

– Ah, sí, estuvo bien –dijo mirando alrededor–. Creo que deberías irte.

Lo miré confundida ¿Qué clase de cita era esta? Al ver que no pretendía marcharme, me tomó de la mano y me llevó a la entrada del centro comercial.

– Vete –me instó y luego regresó adentro.

Negué con la cabeza ante aquella actitud ¿Se le había ido a la cabeza lo de ser emo? Decidí no marcharme. Había una librería cerca que deseaba visitar, así que di media vuelta y volví a entrar al centro comercial.

La gente iba y venía atenta a sus propios asuntos. Por lo general nadie se fijaba en mí, pero al llegar cerca de la fuente en donde me había estado esperando Daniel, una niña se me quedó mirando con los ojos redondos de sorpresa y me apunto con uno de sus dedos.

– Mira papá –dijo con voz cantarina.

Su padre, así como otros transeúntes, se fijaron también en mí cuando la niña me señalo. Todos, al igual que la niña, me señalaron con ojos desorbitados y comenzaron a murmurar atrayendo más miradas.

Ya incomoda de tanta atención intenté ver por qué atraía tantas miradas. En cuanto bajé la vista quedé sin respiración. Mis manos se incendiaban. Parte de mi ropa comenzaba a quemarse, sin embargo y a pesar de sentir el calor, mi piel no sufría daño.

Estaba pasando de nuevo ¿pero por qué ahora? No estaba molesta como la última vez ni había intentado provocarlo como cuando investigaba cómo funcionaba. Por un segundo pensé en mover el agua de la fuente hacia mí para apagarme, pero me di cuenta de que hacer eso atraería más atención aún. Me acerqué apresurada a la fuente de agua y metí mis manos, luego me salpiqué logrando apagar las pequeñas llamas que comenzaba a consumir mi ropa.

La multitud seguía estupefacta, algunos comenzaron a sacar sus teléfonos para llamar a una ambulancia mientras otros me preguntaban que tanto me había quemado.

De entre ellos un hombre alto y de traje puso su mano en mi hombro. Les dijo a los demás que él era doctor y se encargaría de llevarme al hospital. Comenzó a empujarme para sacarnos de la multitud, cuando vi a Daniel.

Antes de que el hombre pudiera notarlo, Daniel le dio un golpe que lo hizo caer mientras se agarraba el costado. Tomó mi mano, que solo hace unos segundos estaba en llamas, y me sacó corriendo de allí.



Capítulo 2:        Expuesta                [ Próximamente ]

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